Meteoro de verano (2011) reúne algunos de los cuentos del misterioso Arno Schmidt. Aunque nació en Hamburgo un 18 de enero de 1914, creció en Silesia. Durante la Segunda Guerra Mundial fue incorporado a las filas de los soldados de Hitler como parte de la sección de cartografía. Estuvo en Francia y en Noruega y cayó finalmente preso en Bruselas en 1945. Fue un solitario que gustaba de largas caminatas y de hacer fotografías. A partir de 1958 vivió en una casa de madera cerca del pueblo de Bargfeld. Trabajó durante muchos años como colaborador en periódicos y revistas. Fue un traductor incansable de autores ingleses y norteamericanos. Durante una época de su vida realizó programas nocturnos de radio sobre escritores para la Süddeutsche Rundfunk. Fue un lector maniático y tenía entre sus héroes a Jean Paul y a Edgar Allan Poe, pero también a Raymond Queneau y a James Joyce, con quien compartía una afición por los neologismos y gozaba dejando rastros ocultos de sus gustos literarios aquí y allá. Fue un maestro en el arte del collage. Para su obra de 1970, Zettels Traum (El sueño de la ficha) se calcula que utilizó alrededor de ciento treinta mil citas que pueblan las mil trescientas páginas de este libro-ensayo sobre Poe, y que según Schimidt el lector necesitaba dedicarle unas 700 horas (su elaboración le tomó seis años). Para escribirlo, Schimdt construyó ficheros que llenó con hojas mecanografiadas de 33 x 44 cm. Cuando se publicó produjo un enorme revuelo, al mismo tiempo que motivó una publicación que existe hasta la fecha, Bargfelder Bote (El mensajero de Bargfelder), que se dedica a la exégesis de su obra. A pesar de su erudición y según he podido enterarme, desdeñó el alto alemán y prefirió inyectarle a su escritura un lenguaje próximo al de la lengua hablada. Esto generó un uso especial de la puntuación, casi al extremo de volver los puntos, los dos puntos y las comas, los guiones y los signos de admiración e interrogación, elementos gráficos de expresión que acompañan a las palabras en su capacidad de decir. Esto es notable incluso en una mirada rápida sobre las páginas de sus libros: inmediatamente saltan a la vista. Son gestos o marcas que, una vez decodificados, enriquecen la lectura. Al respecto Günter Grass dijo: “Cuando nosotros -aun los que no lo han leído- abrimos la boca, estamos respetando su puntuación: Arno Schmidt es contagioso”. También sobre este mismo asunto, me gustaría citar lo que el escritor argentino Guillermo Piro comentó en un ensayo sobre Zettels Traum publicado en el número 70 del Diario de poesía en el 2005: “La palabra escrita no basta. Los elementos morfológicos verbales requieren de una estructura y una disposición tipográficas, pero además hacen falta otros símbolos y cierta disposición en la página para ayudar al lector a interpretar la topografía de la mente, que como cualquier topografía es extremadamente compleja y está irremisiblemente erosionada”.
La obra Schimdt -ocho novelas, diez nouvelles, dos libros de cuentos, cinco más de ensayos, una biografía de Friedrich la Motte Fouqué, algunos tomos de correspondencia y fragmentos dispersos- es un proyecto de carácter experimental. En español es posible leer Momentos de la vida de un fauno, Espejos negros y El brezal de Brand, que conforman la trilogía de Los hijos de Nobodaddy, además de Leviatán, su primera obra publicada, La república de los sabios y El corazón de piedra. Los cuentos de Meteoro de verano fueron escritos al final de la década del cincuenta y hasta los primeros años de la década siguiente. En su mayoría son breves -dos o tres páginas-, y son una excelente oportunidad para acercarse a Schmidt, quien, sobra decirlo, es algo más que un escritor que opone dificultades. Éstas, sin embargo, son poca cosa, pues el placer del esfuerzo vale la pena. Gabriela Adamo, la traductora de Meteoro de verano dice que el primer obstáculo que se nos impone con Schmidt es el de impedirnos una lectura veloz. La brevedad de los relatos contrasta con su meticulosa elaboración. La traducción es buena y elástica, pues usa un amplio vocabulario construido de usos distintos del español. Hay palabras del habla argentino como otras que pertenecen más bien a territorios especializados. Algunos pasajes poseen un sutil ritmo cinematográfico. Leyendo el párrafo siguiente, recordé las imágenes de esos planos que parecen repetirse y que en realidad construyen un orden de tiempo distinto en la película Las estaciones del año Artavazd Pelechian: “Precipitarse por tierras de labranza. Cien metros más tarde estábamos al borde de las rocas y mi presa marrón se arrojó de cabeza hacia los matorrales. Me desbarranqué por una pared ; se me ablandaron todas las articulaciones, — diosmío, ¡ la velocidad seguía aumentando ! — rodé por regueros , quedé pegado al tronco de un pino ; y me levanté con los brazos extendidos : arriba resbalaba ; los arbustos golpeaban más salvajes ; me agaché y atrapé la gran pelota marrón con todo el cuerpo ; traía pegado el rostro de una muchacha de cabeza arenosa : nos sostuvimos así por un tiempo, y primero recuperamos la respiración. (De “Trueque de llaves”).
La dimensión de un trabajo como el de Schmidt desborda toda aproximación. Hay una veta irónica, satírica como la de Swift, que no puede dejar de resaltarse. Hay también algo inquietante en su proyecto literario: en la saturación del mundo actual, quien edita, quien selecciona, puede ofrecer una propuesta y manifestarse personalmente. Esto lo vio con claridad Schimidt antes que muchos. Como en el tango famoso de Discépolo hizo convivir la Biblia junto al “calefón”. Sus párrafos son recortes del mundo: la frase escuchada en la calle, a lado de otra entresacada de Fouqué. En esto se parece en buena medida al proyecto de Pound pues existe un mismo deseo de totalidad y de homologación del mundo y de lo que lo hace. Schmidt murió en 1979, pero quizá hoy podamos empezar a leerlo. En la contratapa de Meteoro de verano se consigna lo siguiente: “Che, ¿vos leíste a Arno Schmidt? Es un alemán que se nos parece un poco, es decir que es terriblemente intelectual y al mismo tiempo está más vivo que un gato de azotea”. Las palabras son de una carta de Julio Cortázar a Francisco Porrúa.










